
En esta nueva sociedad de la segunda revolución industrial, el individuo desaparece. Queda completamente enajenado. Está programado por los principios de la máxima producción, el máximo consumo y el mínimo roce. Y trata de aliviar su aburrimiento con toda clase de consumo, comprendido el consumo de sexualidad y estupefacientes. Y de esto se servirá la tentativa de dar un buen funcionamiento al hombre como parte de la mega máquina, junto con la posibilidad de utilizar la neurología de la fisiología para hacerle cambiar de sentimientos, además de manipular su pensamiento mediante las técnicas de sugestión.
En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término igualdad se ha transformado. Por él se entiende la igualdad de las autómatas de hombres que han perdido su individialidad. Hoy en día, igualdad significa identidad antes que unidad. Es la identidad de las abstracciones, de idénticas diversiones, que leen los mismo periódicos, que tienen idénticos pensamientos e ideas.
Los actuales sucesos políticos y los peligros que ellos entrañan para las más preciadas conquistas de la cultura moderna -la individualidad y el carácter singular y único de la personalidad-, me decidieron a interrumpir el trabajo relativo a aquella investigación más amplia para concentrarme en uno de sus aspectors, de suma importancia para la crisis social y cultural de nuestros días: el significado de la libertad para el hombre moderno.
Hoy por hoy estamos inmersos en una crisis de valores, la necrofilia es algo que se ha ido reviviendo, reactivando, por que los jóvenes, al no tener estímulos, incentivos, conciben el futuro como algo complicado. Lo ven negro, y a esa visión contribuyen la influencia y el abuso de las drogas, la televisión, los placeres rápidos, hecho así para no sufrir y no comprometerse con la necesidad de vivir.
La unión por la conformidad no es intensa y violenta; es calma, dictada por la rutina, y por ello mismo, suele resultar insuficiente para aliviar la angustia de la separatidad. La frecuencia del alcoholismo, la afición a las drogas, la sexualidad compulsiva y el suicidio en la sociedad occidental contemporánea contituyen los síntomas d ese fracaso relativo de la conformidad tipo rebaño.
El hombre contemporáneo es más bien como un niño de tres años, que llora llamando a su padre cuando lo necesita, o bien, se muestra completamente autosuficiente cuando puede jugar.
Hoy vivimos determinados por la economía y el manejo del dinero, de la velocidad al vivir, de la superficialidad, de la comercialización, de la imposición de los medios de comunicación. Aceptar esta circunstancia lleva a la desconexión de las cosas importantes, de aquellas que nos convierten en seres humanos. Aunque la televisión, las computadoras, los cajeros automáticos y el consumo desaforado son resultados de la inteligencia, no es lo que nos caracteriza como seres pensantes.
Además de la conformidad como forma de aliviar la angustia que surge de la separatidad, debemos considerar otro factor de la vida contemporánea: el papel de la rutina en el trabajo y en el placer. El hombre se convierte en ocho horas de trabajo, forma partde la fuerza laboral, de la fuerza burocrática de empleados y empresarios. Tiene muy poca iniciativa, sus tareas están prescritas por la organización del trabajo; incluso hay muy poca diferencia entre los que están más arriba. Aun los sentimientos están prescritos: alegría, tolerancia, responsabilidad, ambición y habilidad para llevarse bien con todo el mundo sin invonvenientes.
¿Qué tipo de hombre, pues, requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien, sin roces? Necesita hombres con los que se pueda cooperar fácilmente en grupos grandes, que quieran consumir cada vez más y que tengan gustos normalizados, fáciles de prever e influir. Necesita hombres que se crean libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, ni principio, ni moral, pero que estén dispuestos a recibir órdenes, que hagan lo que se espera de ellos que encajen sin estridencias en la maquinaria social; hombres gobernables sin el empleo de la fuerza, obedientes sin jefes y empujados sin más meta que la de seguir en marcha, funcionar, continuar.
En esta nueva sociedad de la segunda revolución industrial, el individuo desaparece. Queda completamente enajenado. Está programado por los principios de la máxima producción, el máximo consumo y el mínimo roce. Y trata de aliviar su aburrimiento con toda clase de consumo, comprendido el consumo de sexualidad y estupefacientes. Y de esto se servirá la tentativa de dar un buen funcionamiento al hombre como parte de la mega máquina, junto con la posibilidad de utilizar la neurología de la fisiología para hacerle cambiar de sentimientos, además de manipular su pensamiento mediante las técnicas de sugestión.
En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término igualdad se ha transformado. Por él se entiende la igualdad de las autómatas de hombres que han perdido su individialidad. Hoy en día, igualdad significa identidad antes que unidad. Es la identidad de las abstracciones, de idénticas diversiones, que leen los mismo periódicos, que tienen idénticos pensamientos e ideas.
Los actuales sucesos políticos y los peligros que ellos entrañan para las más preciadas conquistas de la cultura moderna -la individualidad y el carácter singular y único de la personalidad-, me decidieron a interrumpir el trabajo relativo a aquella investigación más amplia para concentrarme en uno de sus aspectors, de suma importancia para la crisis social y cultural de nuestros días: el significado de la libertad para el hombre moderno.
Hoy por hoy estamos inmersos en una crisis de valores, la necrofilia es algo que se ha ido reviviendo, reactivando, por que los jóvenes, al no tener estímulos, incentivos, conciben el futuro como algo complicado. Lo ven negro, y a esa visión contribuyen la influencia y el abuso de las drogas, la televisión, los placeres rápidos, hecho así para no sufrir y no comprometerse con la necesidad de vivir.
La unión por la conformidad no es intensa y violenta; es calma, dictada por la rutina, y por ello mismo, suele resultar insuficiente para aliviar la angustia de la separatidad. La frecuencia del alcoholismo, la afición a las drogas, la sexualidad compulsiva y el suicidio en la sociedad occidental contemporánea contituyen los síntomas d ese fracaso relativo de la conformidad tipo rebaño.
El hombre contemporáneo es más bien como un niño de tres años, que llora llamando a su padre cuando lo necesita, o bien, se muestra completamente autosuficiente cuando puede jugar.
Hoy vivimos determinados por la economía y el manejo del dinero, de la velocidad al vivir, de la superficialidad, de la comercialización, de la imposición de los medios de comunicación. Aceptar esta circunstancia lleva a la desconexión de las cosas importantes, de aquellas que nos convierten en seres humanos. Aunque la televisión, las computadoras, los cajeros automáticos y el consumo desaforado son resultados de la inteligencia, no es lo que nos caracteriza como seres pensantes.
Además de la conformidad como forma de aliviar la angustia que surge de la separatidad, debemos considerar otro factor de la vida contemporánea: el papel de la rutina en el trabajo y en el placer. El hombre se convierte en ocho horas de trabajo, forma partde la fuerza laboral, de la fuerza burocrática de empleados y empresarios. Tiene muy poca iniciativa, sus tareas están prescritas por la organización del trabajo; incluso hay muy poca diferencia entre los que están más arriba. Aun los sentimientos están prescritos: alegría, tolerancia, responsabilidad, ambición y habilidad para llevarse bien con todo el mundo sin invonvenientes.
¿Qué tipo de hombre, pues, requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien, sin roces? Necesita hombres con los que se pueda cooperar fácilmente en grupos grandes, que quieran consumir cada vez más y que tengan gustos normalizados, fáciles de prever e influir. Necesita hombres que se crean libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, ni principio, ni moral, pero que estén dispuestos a recibir órdenes, que hagan lo que se espera de ellos que encajen sin estridencias en la maquinaria social; hombres gobernables sin el empleo de la fuerza, obedientes sin jefes y empujados sin más meta que la de seguir en marcha, funcionar, continuar.
En esta nueva sociedad de la segunda revolución industrial, el individuo desaparece. Queda completamente enajenado. Está programado por los principios de la máxima producción, el máximo consumo y el mínimo roce. Y trata de aliviar su aburrimiento con toda clase de consumo, comprendido el consumo de sexualidad y estupefacientes. Y de esto se servirá la tentativa de dar un buen funcionamiento al hombre como parte de la mega máquina, junto con la posibilidad de utilizar la neurología de la fisiología para hacerle cambiar de sentimientos, además de manipular su pensamiento mediante las técnicas de sugestión.
En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término igualdad se ha transformado. Por él se entiende la igualdad de las autómatas de hombres que han perdido su individialidad. Hoy en día, igualdad significa identidad antes que unidad. Es la identidad de las abstracciones, de idénticas diversiones, que leen los mismo periódicos, que tienen idénticos pensamientos e ideas.
Los actuales sucesos políticos y los peligros que ellos entrañan para las más preciadas conquistas de la cultura moderna -la individualidad y el carácter singular y único de la personalidad-, me decidieron a interrumpir el trabajo relativo a aquella investigación más amplia para concentrarme en uno de sus aspectors, de suma importancia para la crisis social y cultural de nuestros días: el significado de la libertad para el hombre moderno.
Hoy por hoy estamos inmersos en una crisis de valores, la necrofilia es algo que se ha ido reviviendo, reactivando, por que los jóvenes, al no tener estímulos, incentivos, conciben el futuro como algo complicado. Lo ven negro, y a esa visión contribuyen la influencia y el abuso de las drogas, la televisión, los placeres rápidos, hecho así para no sufrir y no comprometerse con la necesidad de vivir.
La unión por la conformidad no es intensa y violenta; es calma, dictada por la rutina, y por ello mismo, suele resultar insuficiente para aliviar la angustia de la separatidad. La frecuencia del alcoholismo, la afición a las drogas, la sexualidad compulsiva y el suicidio en la sociedad occidental contemporánea contituyen los síntomas d ese fracaso relativo de la conformidad tipo rebaño.
El hombre contemporáneo es más bien como un niño de tres años, que llora llamando a su padre cuando lo necesita, o bien, se muestra completamente autosuficiente cuando puede jugar.
Hoy vivimos determinados por la economía y el manejo del dinero, de la velocidad al vivir, de la superficialidad, de la comercialización, de la imposición de los medios de comunicación. Aceptar esta circunstancia lleva a la desconexión de las cosas importantes, de aquellas que nos convierten en seres humanos. Aunque la televisión, las computadoras, los cajeros automáticos y el consumo desaforado son resultados de la inteligencia, no es lo que nos caracteriza como seres pensantes.
Además de la conformidad como forma de aliviar la angustia que surge de la separatidad, debemos considerar otro factor de la vida contemporánea: el papel de la rutina en el trabajo y en el placer. El hombre se convierte en ocho horas de trabajo, forma partde la fuerza laboral, de la fuerza burocrática de empleados y empresarios. Tiene muy poca iniciativa, sus tareas están prescritas por la organización del trabajo; incluso hay muy poca diferencia entre los que están más arriba. Aun los sentimientos están prescritos: alegría, tolerancia, responsabilidad, ambición y habilidad para llevarse bien con todo el mundo sin invonvenientes.
¿Qué tipo de hombre, pues, requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien, sin roces? Necesita hombres con los que se pueda cooperar fácilmente en grupos grandes, que quieran consumir cada vez más y que tengan gustos normalizados, fáciles de prever e influir. Necesita hombres que se crean libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, ni principio, ni moral, pero que estén dispuestos a recibir órdenes, que hagan lo que se espera de ellos que encajen sin estridencias en la maquinaria social; hombres gobernables sin el empleo de la fuerza, obedientes sin jefes y empujados sin más meta que la de seguir en marcha, funcionar, continuar.
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